LA MIRADA DE MESA

Mesa

Dicen que tiene siete pulmones. Y que por los siete respira sportinguismo y calidad a partes iguales. Más de tres décadas ha tardado en volver a dar la vuelta al ruedo que le vio cortar el contraataque del rival y fabricar el del suyo… el de su Sporting. Con especial hincapié en el pronombre posesivo, porque de aquel equipo, el suyo, solo queda el estadio -que también ha cambiado-, la afición y el recuerdo. Arropado por algunos de sus excompañeros, Manolo Mesa volvió a El Templo que le vio crecer.

No sería honesta si hablara de Mesa en el aspecto puramente futbolístico, porque no lo vi jugar. Cuando él se retiró, a mí me quedaban tres años para aterrizar en el mundo. Y tampoco lo he visto en persona jamás. Ni siquiera el otro día, pues no presencié el partido. Pero sí he visto unas cuantas fotografías, he escuchado y leído cómo han sido algunos de los reencuentros que los afortunados que sí lo disfrutaron han tenido con él y me ha bastado. No  tengo información para hablar objetivamente de fútbol, repito, pero sí para imaginármelo.

Me imagino a Mesa jugando con motivación, devoción y convicción de lo que esta haciendo. Vistiendo la elástica rojiblanca con orgullo y pasión y sintiendo la tradición que portaba en el pecho. Divirtiéndose mientras jugaba, ya que era época de sonrisas rojiblancas y él formaba parte del equipo de los sastres, al lado de jugadores como Redondo o Cundi. Y cómo sentía en su interior el eco de los aplausos cuando dejaba hueco en el once para otro compañero. Tuvo que ser muy bonito.

Ahora me imagino su regreso, tantos años después, a territorio amigo. ¡Treinta años después! Varias generaciones le han parado para darle las gracias por lo que les ofreció sobre el verde; otros para contarle cómo su padre o su abuelo hablaban de él… mientras los niños le miran con la curiosidad de un recién llegado y el orgullo de formar parte de algo común. Pero sobre todo pienso en cómo tiene que haber sido para él volver a salir al centro de la ‘plaza’, sentir el calor y el abrazo del público mientras besa el escudo de su vida y revive su grandeza pasada en el presente. Eso nunca, ni siquiera el tiempo que es el ejército más poderoso, se lo podrá quitar.

No sé si con sus siete pulmones necesita oxígeno para asimilar todo lo vivido estos días. A menudo creemos que el regreso al pasado es fácil, pero no es sencillo retomar la imagen de lo que fuiste décadas atrás y, después, seguir con la realidad actual. Sin embargo, miro las imágenes de Mesa y veo en él honestidad, calma y seguridad al mismo tiempo que su mirada me genera una ternura indescriptible, quizá porque creo percibir en su mirada cierta nostalgia. Hablo de percepciones, imaginación y ninguna certeza. Quizá hablo de empatía.

Como decía, no todos aprobamos el ejercicio de volver al pasado, pero Mesa no solo ha aprobado, sino que ha sacado matrícula de honor, una que aumentará aun más, en el (bonito) recuerdo que su nombre ha dejado en Gijón.

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