A CORAZÓN ROJIBLANCO ABIERTO

SPORTING

Ser infiel a ti mismo no es uno de los siete pecados capitales, pero debería ser el octavo. Y es, sin duda, el peor de todos… porque es todos los anteriores en uno solo. Ser infiel a ti mismo es sinónimo de pereza, porque te olvidaste de trabajar para seguir siendo tú; aparece gula, porque la manera de olvidar(te) es ahogando en sidra los recuerdos; supone que la lujuria haga acto de presencia, pero no con carácter sexual, porque no ofendes a tu pareja ni a ningún otro, pero sí a ti mismo, que es el mayor de los pecados; generas ira sin medida, porque nada de lo que haces te conforma ni te confirma; sientes envidia hacia aquel que, paso a paso, ha conseguido construirse a sí mismo, pero sobre todo mantenerse; haces uso de la soberbia en un intento desesperado de creerte a ti mismo, porque ya perdiste el crédito que años atrás habías ganado… Y todo lo anterior deriva de la avaricia de alguien que vio en ti un mero producto… cuando tú sientes y padeces, pero, sobre todo, haces sentir y padecer a miles.

¿Qué te queda cuando pierdes tu esencia? Nada. Eres uno más entre la multitud… porque lo que te distinguía, lo que hacía que otros se fijaran en ti, e incluso te admiraran, ha desaparecido. El 2017 ha sido el año en el que se ha confirmado que el Sporting ha perdido su esencia con las salidas de los últimos guajes, aunque aun quedan los últimos valientes en el plantel luchando por recuperarla. Pero cuesta, cada vez se lo ponen más difícil, y la batalla empieza a tornarse en una guerra perdida. A pesar de que en la retaguardia se vislumbra a unos guajes liderados por un nuevo Oficial que llevan Mareo por bandera. Esta es la esperanza, porque, a día de hoy, la esencia del Sporting de Gijón se diluye con cada gota de agua que baña El Molinón. Y aunque siempre sale el sol, parece que esta vez Lorenzo tardará un poco más en mostrarse.

No es casualidad que las épocas doradas siempre haya sido con soldados asturianos de Primera acompañados de algunos foráneos reconvertidos a la causa común. Ése es el Sporting. El de verdad. El que gusta. El que hace vibrar. El que hace soñar. El que hace creer. El que invita rezar su propio credo, ese que le hace resucitar cuando vienen el Poncio Pilato de turno a hacer de las suyas.

Y no mientas… ¡Que es pecado! No eres ateo, porque siempre acabas creyendo en ÉL. No es una enfermedad ni una droga, es una religión con miles de adeptos que gana enteros cuando es fiel a sí mismo. Este es su único mandamiento… el mismo que le condena cuando él mismo lo incumple.

Ojalá 2018 sea el año en el que el Sporting y el sportinguismo se reencuentren, se re-unan y vuelvan a creer el uno en el otro. Recuerden: no hay religiones sin creyentes, pero tampoco milagros sin plegarias.

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